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Héctor Abad, por Daniela Abad

Actualización: 05/03/2012

La poesía

Por Héctor Abad

"La razón lleva las riendas de la prosa, que apunta a afectar nuestras facultades intelectuales; la poesía lleva las riendas sueltas (o carece de ellas, se monta a pelo en la yegua no domada del instinto verbal) y nunca sabemos a dónde nos puede conducir."

De todos los géneros literarios, el que yo más quiero es la poesía. Como lector es el que más frecuento; como escritor, el que más temo. Los grandes poetas -Juan de la Cruz, Pessoa, Kavafis, Machado, Szymborska, De Greiff- se dedicaron a un oficio peligroso: a filtrar por su mente todas las cosas del mundo; a registrarlas como esos sismógrafos hipersensibles que perciben un leve movimiento en los antípodas y luego a devolvernos su vivencia en una extraña y precisa (simple y rara a la vez) combinación de palabras y sonidos. Todos los seres humanos estamos obligados cada día a traducir la experiencia, el pensamiento y la vida al lenguaje. El poeta no hace nada distinto, pero debe hacerlo con más intensidad y escoger cada palabra y cada frase con la misma cautela de vida o muerte con que un artillero desarma una bomba de tiempo. Esas palabras brotan en bruto del pozo más oscuro de nuestra mente; surgen sucias y ásperas, por lo que hay que pulirlas con mucha paciencia. En este sentido la poesía es el alcaloide del arte literario, la parte más difícil y decantada de ese maravilloso don humano: la palabra.

En cierto sentido la poesía representa la verdad instintiva del lenguaje despojada de la tiranía de la razón. Paradójicamente, incluso las viejas reglas poéticas (musicalidad, ritmo, rima, medida) sirven a la aparición de lo profundo pues lo que prima en la busca de una palabra no es la lógica ni la coherencia ni la claridad, sino la eufonía, y por ese camino se cuelan las emanaciones de lo más primitivo, una especie de pensamiento impensado, o instintivo. Por eso el poeta que consigue combinar varias palabras en una frase perfecta, siente un antiguo goce animal. La razón lleva las riendas de la prosa, que apunta a afectar nuestras facultades intelectuales; la poesía lleva las riendas sueltas (o carece de ellas, se monta a pelo en la yegua no domada del instinto verbal) y nunca sabemos a dónde nos puede conducir. En este sentido la poesía es una liberación: se le cede el gobierno a esa parte de sí que día a día, por conveniencias del grupo y por la sana convivencia social, tenemos que encarcelar. En el momento creativo aquello que no es control, claridad, equilibrio, lucidez, se toma el poder y da un momentáneo y gozoso golpe de estado.

La razón, en el fondo, ama y ve con condescendencia las insensateces de la poesía. La ama como se quiere a un hijo díscolo, o loco, a quien se lo protege de sí mismo. La razón no quiere que ese hijo frágil, leve, de cristal, perezca por su propia imprudencia. Por eso, con amor, mediante una tiranía casi absoluta, lo encierra. Pero la poesía siempre encuentra momentos para fugarse del abarrotado corazón de su amo.

Desconociendo el peligro al que nos exponíamos, mi mejor amigo de la adolescencia, Daniel Echavarría, y yo, empezamos a escribir poesía cuando éramos casi niños. Teníamos trece años y escribíamos al escondido, como si se tratara de un pecado nefando. Para que nadie pudiera leer los secretos más hondos de nuestra conciencia, lo escribíamos todo en un alfabeto cifrado que nos inventamos.

Daniel se hundió en un pozo de palabras endemoniadas, de tristezas y amores imaginados, y no pudo soportar lo que sintió. Una mañana nefasta cogió la escopeta de su padre, la apoyó en el suelo, metió el cañón en la boca, apuntó al paladar y se voló la cabeza. Para no matarme, como Daniel, desde entonces abandoné la poesía y me refugié en la serena superficie de la prosa. De vez en cuando, sin decírselo a nadie, y sólo cuando no podía evitarlo, he escrito poesía. Lo he hecho con miedo, como quien sufre de vértigo y se asoma al vacío de un acantilado. El mareo, la tentación del abismo me obligan a dar un paso atrás, a refugiarme de nuevo en la tierra firme, razonada, racional, de la prosa. A veces disolví en ella -disimuladas en la mitad de un párrafo- algunas frases que se me habían ocurrido en verso.

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