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Jorge Galán

Jorge Galán

Actualización: 07/06/2018

Jorge Galán

Cuatro poemas de su obra Medianoche del mundo

La huida

Mañana de noviembre 

Habitante

Invisible

 

La huida

Yo no hablé de los asesinos. Yo hablé de los cuerpos

bajo la interminable noche de noviembre,
hablé de los seis hombres tendidos en la grama,
hablé de las mujeres, las dos, tiradas en el piso,
y las sombras alrededor, siluetas
que persisten bajo el graznido de los cuervos
cuyos picos rayan la inmensidad, todo bajo una luna
que era la barriga de un lechón sacrificado
con todas su crías dentro. De eso hablé. Cada nombre
relucía como madera revestida de oro.

Giró la noria llena de niños muertos junto a mí.
Escuché el crujido de su mecanismo
y desperté al alba, siempre al alba, las manos dormidas
bajo el peso de mi propio cuerpo carente de santidad.
Y volví a hablar para contar la historia
de los seis hombres y las dos pequeñas mujeres
pero no de sus asesinos. Porque no hablé de sus asesinos
pero ellos sí me hablaron, formas de la penumbra
siempre atrás, mientras andaba por la calle
y al dormir, donde los observé acercarse otra vez,
apuntarme a través de una puerta de cristal,
justo cuando mi cabeza cayó y esperé. Y esperé.

Y esperé pero nada pasó, salvo un amanecer
colmado por un ruido de pasos
que eran mis propios pasos,
porque huía sin comprender que huía.
La boca llena de centavos de azúcar,
fechas cercanas y lejanas escritas sobre el agua
que tragaba a pequeños sorbos: Sombra
diluida que bajaba por la garganta
como el cubo de un pozo, abajo, un dedo
del mar, tenso, severo, incapaz de no señalar.

Bajo sábanas del color de la pezuña del oso amaestrado,
me protejo de aquello que baja de las colinas:
la emancipada luz, el aliento que cae
del pelo de la oveja hasta el pasto y rueda
por las laderas hasta las calles
y los ventanales y la tibieza de las habitaciones.
Palomas de barro picotean las lámparas.
Aceite hirviendo es el centro del mediodía.
Nostalgia es la humanidad en la que pienso.

Me he marchado de todo lo que entendí por mío.
Temblor se hacen los días del pasado,
formas de la penumbra, las albas venideras.

Mañana de noviembre 

Noviembre cuelga de las ventanas,

se estira y se congela. Las nubes grises de nieve
se desploman sobre los techos.
La nieve es blanca como la piel de los conejos desollados.
Las crías del conejo no pueden iluminar
una madriguera. Raíces
transparentes, restos de sombra y de legumbres,
y un olor amargo y salvaje y tan antiguo
como el instinto de salvación. 
Noviembre se hunde igual que el pie de una bailarina 
en el centro del aire, se suspende, gira, 
aúlla, es un anciano, una barba llena de abejas, 
una cría de oveja que pasta por las colinas alisadas. 
Noviembre es una víspera blanca
inclinada como una chica antes de lanzarse 
desde un trampolín en el borde del mar.
Casi acantilado, casi grulla y casi sombra de grulla
sobre los niños que se deslizan por la hierba,
cuando el ocio es una abuela materna llena de leche.
El mundo es frío y no tengo hijos ni mujer ni parientes. 
En posesión de nada subsisto. 
Mi casa es el deseo.

Habitante

Desolación es mi nombre y el nombre
de lo que me rodea.
Al inicio de la calle, casas abandonadas.
Puertas arrancadas de un tajo por el viento del norte.
Patios donde solo la nieve ha caminado durante años.
Huellas de escarcha sobre las tejas rotas.
Faroles rotos, tierra rota, tazas, palanganas,
cornisas, columnas, todo quebrado.
Y ese olor que no es tierra, que no es la decadencia
ni la muerte, sino ese hálito que emana
de lo que ha sido maldecido.
Plata cubierta de polvo
como un hermoso rostro amortajado.
Figuras de animales en las paredes.
Orificios de bala donde la serpiente
ha penetrado la oscuridad.
Un eco, voces, susurros casi oceánicos
en la madrugada, una mancha en el aire, el peso
de lo que debió ser liviano y volátil
pero ha adquirido corporeidad.
Desolación es el nombre de lo que me rodea.
Desolación es mi propio nombre santo.
La lluvia no abandona los campos muertos.
He venido hasta aquí para saber
que el viento tampoco abandona
el mármol negro de las tumbas, los labios negros
de los que desaparecieron a la intemperie, arrastrados
hasta las ciudades vecinas y el mar
como ecos que se alargan por un tiempo imposible.
Camino sobre la tierra muerta, entre mudas de pitón
y gusanos rojos, sobre el fango aún húmedo,
sin avanzar, sin distinguir el oriente del poniente,
silbando como si nada fuese importante,
llenando mi boca con hambre antigua y antiguas palabras,
sin estirar la mano pero tocándolo todo,
volviendo a nombrar lo que alguna vez tuvo un nombre.
Desolación se llama lo que me rodea. Desolación,
aquellos con quienes me baño en un estanque
donde no logro observar el fondo.
Lo que habita en la oscuridad de las aguas
son los residuos de la cena de un animal gigantesco.
Podría gritar y no huiría el ratón blanco ni el búho
cuya garra es escarcha.
Podría golpear un tambor y no se encendería una estufa
ni se escucharía un resoplido de alivio.
Podría decir una oración y una campana no sonaría.

La soledad no tiene fundamento, estoy conmigo,
es la última hora del día,
y soy todos los seres de la tierra.

Invisible

No puedo verte. Me inclino y toco la tierra
pero no consigo sentir la curvatura.
Y ya no puedo ni verte ni tocarte ni escucharte
decir los nombres tus hijos.

Imagino que estás en la ventana y buscas en los árboles
lo que tampoco puede ser encontrado,
quieres mirarme aparecer entre las sombras aturdidas,
confundes mi cuerpo de muchacho
con las formas que observas en la niebla.

Y hablas con la lluvia como lo hacías antes conmigo.
Te persignas cien veces. Pides por el retorno
hasta que la madrugada se convierte en tu suplica.

Sé que ya no comprendes lo que sucede.
Ves el mar pero no miras el tsunami.
No presientes la ola del tamaño de la muerte de un hombre.

No escuchas las campanas del mundo doblando para ti.

No quieres entender que la inaudible luz es un tornado
que choca contra una sola pared y una sola ventana,
allí donde la lejanía encuentra su verdadero límite.

Ni tú ni yo podemos mirar hacia atrás para encontrar
todo lo que no volverá a tener un principio.
Enormes manos llenas que no saben
qué hacer con lo que han atrapado.

Una lengua que busca un sabor en la carnosa luz del mediodía.
Voces que intentan romper las paredes del agua
hasta que todo cesa. Hasta que todo retrocede
como la figura del anciano que vuelve al niño
a través de su propia destrucción.

Y entiendo que no puedo encontrarte donde sé que no estás.
Y sé que no me hallo en el centro ni en el sur
sino en el terrible occidente de calles luminosas
donde ni el mar ni los jazmines existen
porque no son lo que recuerdo
y no puedo inventarlos otra vez.

Esta hermosa claridad no es mi luz. Estas piedras
no pueden ser mis hermosas piedras talladas. Este ruido
tan limpio carece de disparos y cohetes de fiesta.

Es todo. Solo quise decir que no puedo ni verte ni escucharte,
y ahora voy a callarme para dejarnos solos. 

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