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Actualización: 24/01/2012

José Watanabe

Poesía completa

Por Carlos Pardo

Efímeros prodigios

Uno de los pocos con algo importante que enseñar

Poética del cuerpo como sustituto de la metafísica

Cuando José Watanabe llegó a España invitado, por fin, a dar diversas lecturas que reconocerían su predicamento entre la poesía más joven, no se cansaba de aconsejar a sus seguidores (a su decir excesivamente alimentados de literatura): "una piña de corderos refugiándose de la nieve bajo un olivo, es decir un círculo de lana blanca bajo una cúpula de blanco, a cobijo del blanco de la nieve: eso es un poema". Hay que advertir que en España lo conocíamos por su inclusión en Las ínsulas extrañas (Galaxia Gutenberg, 2002) a la que siguieron dos libros propios: la ejemplar antología preparada por su compatriota Eduardo Chirinos, Elogio del refrenamiento (Renacimiento, 2003), y un primer libro completo editado a la vez que en Perú, La piedra alada (Pre-Textos, 2005). El interés que había despertado hacían de Watanabe un poeta digno de tener discípulos, por diversos motivos no estrictamente literarios. El más evidente, el socorrido tópico de su orientalismo -había nacido en 1945 en Laredo, Perú, de padre japonés y madre peruana-, tópico que él mismo alimentaba, aunque sin posar de maestro ni dejarse embaucar por la coquetería literaria, con una singular actitud de reproche y estímulo de libertad, de llamada a la independencia del discípulo mediante el exabrupto o la paradoja, como en El maestro de Kung Fu. Pero también porque muchos de sus poemas (El guardián del hielo o Las mariscadoras) se sostienen por un tono de aleccionamiento moral de estructura paradójica que hace de sus lectores, aunque no lo sepan, discípulos.

 

Si el anhelo de formar es común a muchos poetas, Watanabe era de los pocos con algo verdaderamente importante que enseñar, y él lo resumía con una teoría sobre el haiku y el uso del espejo. Los poetas japoneses anteriores a los haijin componían con un método que recuerda a la metáfora de Stendhal: el poeta mira a la naturaleza pero sostiene un espejo en la mano, dónde se mira mirando. Estos poetas pre-haiku presentan una realidad que termina por reflejar al autor, buscando una correspondencia entre la naturaleza y el poeta que la describe. Para los primeros haijin el espejo era una pesada carga, más aún cuando advirtieron que la propia mirada ya era "especular" y que la naturaleza posa para unos ojos que proyectan relaciones entre las cosas. La lección no nos devuelve a la ilusión realista, pero aligera de cualquier pesada tentación teórica. Las teorías demuestran una impaciencia ante los hechos, decía Goethe, y Watanabe aprendió del haiku a tener paciencia, a dejar que las cosas buscaran sus relaciones imprevistas. A los momentos de cercanía entre mundos dispares (como en la afinidad metafórica de sus poemas "metapoéticos", como El sol era nuestra leona o De la poesía, donde compara la escritura con el ciclo de la nutrición, por no decir de la defecación), él los llamaba "efímeros prodigios". Desde el punto de vista de una poesía pragmática, el milagro es sencillo una vez que se dan las circunstancias, que son lo milagroso.
Si de verdad esta lección la había aprendido del haiku, de su peculiar asimilación de la tradición lírica peruana (tradición a la contra del tópico) o bien de algunos poetas norteamericanos que prefería por su frescura, como Theodore Roethke, que cada cual lo juzgue. El resultado es una de las obras más personales de los últimos años: personal por inhabitual y porque el verdadero protagonista de los poemas es la persona. O mejor dicho el cuerpo. Pocas veces enfermedades y orgasmos han hecho una poesía tan felizmente materialista. El propio autor se presenta en sus versos tumbado en una camilla, instantes antes de la operación en una sala aséptica donde "la única impureza es tu miedo". En otro poema una burbuja brota de un cerebro conservado en formol, como un mensaje del más allá: "Y no había boca que lo pronunciara. No había boca." Watanabe nos familiariza con el aspecto más obsceno y "científico".

 

Esta poética del cuerpo como sustituto de la metafísica busca dos genealogías clásicas en sus libros menos comunes. Por un lado en su magistral versión libre de la Antígona (2000) de Sófocles, al fin y al cabo historia de un cadáver insepulto. Y en Habitó entre nosotros (2002), parábola de un cristianismo materialista, de una religión del cuerpo demasiado humano.
Watanabe dio variedad a la aparente homogeneidad de un estilo aprendido pronto. Desde el temprano Álbum de familia (1971), que anticipa la mezcla de humor, lenguaje corrosivo y lirismo de sus mejores libros, El huso de la palabra (1989), Historia natural (1994) y Cosas del cuerpo (1999), hasta los estilizados La piedra alada y Banderas detrás de la niebla (2006), no dejó de reincidir en unos motivos preferidos.
Por ejemplo, los animales. Destacan bueyes, ballenas, un lenguado ("Soy / lo gris contra lo gris. Mi vida / depende de copiar incansablemente / el color de la arena.") y esa "ranita lúbrica llamada clítoris". También las piedras. La piedra del desierto, la piedra de la cocina, las del riñón de su hermano Valentín. O los poemas dedicados a su familia, su hermana y sus hermanos, su padre japonés y la endurecida madre, casi piedra, dignificados con el respeto de la falta de patetismo.
La muerte de Watanabe en abril de 2007 hace que esta reseña prefiera conservar un aire de semblanza, una familiaridad con el muerto aprendida de sus poemas, además del reconocimiento de uno de sus discípulos.

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