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Franco Bordino

Franco Bordino

Actualización: 03/10/2018

Los primeros indicios

Los versos del poeta Franco Bordino, ganador del XVIII Premio Casa de América de Poesía Americana Franco Bordino

Los primeros indicios

A Luciana

No vi instantáneamente nuestro hogar.
Vi primero la puerta y vi la dura
llave dormida en la hosca cerradura,
para que nadie más pudiera entrar.
Vi el espontáneo fluir de la palabra;
el fuego que calienta y que me alumbra
tu piel dormida y blanca en la penumbra,
y el dulce amor solícito que labra
el oro silencioso de los días
felices como un pan. Te vi perdida
en el hondo rumor de la lectura.
Sólo vi la sustancia, vi la vida
del hogar, sin notar que sus tardías
paredes son tan sólo una figura.

 

Bouvard y Pécuchet

A Juan M. Dardón

El tiempo fue forjándonos un código
de devotos elogios, de indiscretas
aversiones. Nos dio un lenguaje pródigo
en rudas ironías y en secretas
confabulaciones. Luego acabamos
perdidos en una conversación
que nunca se termina. (Aunque variamos
los nombres de los libros, su pasión
y su sustancia, son siempre las mismas.)
El tiempo nos trabaja y va gastándonos;
nos segrega del mundo de sofismas
que despreciamos, corre asemejándonos.
Su injuria es nuestra gris simplicidad.
Su involuntario don, nuestra amistad.

 

Una noche

El íntimo silencio de la noche.
El rito rumoroso de los mates.
En la mesa, los gárrulos dislates
de un tétrico filósofo. El derroche
minucioso del tiempo en la factura
de un tímido poema. Yo no sé
qué veo en estas cosas ni por qué,
triviales como son, en su chatura,
se me antojan especies misteriosas
de una llana y sutil felicidad.
Que me guarden el sino o la Deidad
de ambiciones aladas o grandiosas.
Sólo pido un innúmero rosario
de noches de trabajo literario.

 

Elogio del hábito

No ha de ser muy intrépida mi mente
si le dedico al hábito un elogio.
Pero a mí, ese monstruo de lentas fauces,
que devora implacable los signos del amor
y el brillo novedoso de las cosas,
y el interés fugaz en las tareas,
en lugar de agobiarme,
me reconforta y me concentra.
Me siento libre allí donde las cosas
se amoldan fácilmente a mis urgencias,
y son las cosas que yo quiero,
o, simplemente, son mis cosas.
Añoro una ciudad cuando deshice
innumerables veces por sus calles
los maquinales pasos que llevaban
de regreso hasta mi puerta.
Recuerdo solamente aquellas plazas
en las que alguna vez leí con gusto,
de la morosa página de un libro, 
los versos memorables de un poema.
Dejo a otros los viajes, el afán de aventuras.
Yo prefiero los tenues placeres que da la constancia.
Al fin el viaje es uno solo, y solo uno es el destino:
la vida es el viaje; nosotros
y nuestro verdadero ser, somos el destino.
La eternidad trabaja y simplifica las cosas;
las ajusta a su esencia,
va convirtiéndolas en signos.
Es el hábito su eco
en nuestra hora inútil y gastada.
Es el olvido de las cosas presentes
que carecen de importancia.
Queda en nosotros descifrar el dibujo
que sus someros trazos nos esbozan.
Son el símbolo de una dicha
íntima y verdadera.

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