Estás en: Homero A...
Homero Aridjis

Homero Aridjis

Actualización: 15/03/2012

Homero Aridjis

Poemas La noche blanca de Gerald de Nerval, Turner 1851 y The sun is God 

La noche blanca de Gerald de Nerval
 

                     Le revé est une seconde vie.
                          Gérard de Nerval, Aurélia

 

En la noche blanca de las apariciones
dime, Gérard de Nerval,
quién iba tirando tomates rojos
en los corredores de Chatelet-Les Halles
¿Qué iniciado o qué santa, qué Isis o qué loco
arrojaba con mano encantada soles blandos
a las multitudes que los pisoteaban?
En el metro, sentado entre viajeros
comiendo kebab de cordero,
no te molestaba la grasa animal que escurría
de sus dedos, ocupado en mirar en el asiento
de enfrente a una chica parecida a Jenny Colon,
peinada a lo punk, con botas puntiagudas
y ojos violetas bastante huraños.

Mirándola con fijeza, ¿pensabas en pintar
en un vidrio del vagón un grafito que dijera:
‘Todos saben que en los sueños no se ve el sol,
pero hay ojos de otro mirar que en sueños todo lo ven
con una claridad más viva que bajo la luz del día’
Debajo de tu chaqueta negra, ¿ocultabas
el tetragrama de Salomón grabado en tu pecho?
¿O un ramo de margaritas? ¿O una langosta?
¿O un loro, del que según tú, desciende el hombre?

Cuando la Reina de un día se bajó del tren,
¿descubriste entre las pasajeras a Aurelia,
la lúcida habitante del locutorio de la ensoñación?
¿Y si no a ella, a su doble, la enemiga desconocida
que vive dentro de nosotros, y por su manía ambulatoria, feérica y
fantasmal, visita a deshoras
el Cabaret de los Mercados,
el albergue de los desahuciados
y el cementerio cerrado de noche?

Te fuiste mirándola como si la Virgen
hubiese muerto en todas sus advocaciones,
y las anunciaciones y las oraciones fuesen inútiles,
hasta que ella descendió también,
y en su lugar quedó un vacío terrible.
¿Por eso con dedo helado escribiste en el cristal:
‘Tú me has visitado esta noche’.?

Te bajaste en Pont-Neuf,
y acosado por los cuchillos del frío,
pasaste por la calle Saint-Martin
en busca de la casa natal demolida.
Al ir por la calle de los carniceros
de tu reloj cucú salió tu abuelo
con cara de pájaro, gritando: ‘Esta noche’.

Los edificios se agrandaban en las calles
y los peatones crecían de tamaño;
te seguían tres perros espectrales,
que esperabas dejar con un amigo,
pero desaparecieron en una esquina.
Te prometías no hablar de la soga
en casa de los suicidas potenciales
ni de pan en la mesa de los hambrientos,
cuidar tu equipaje de versos,
y si aún te sentías desdichado
aullar a la luna desesperado.
Querías arrojarte al Sena, pero no lo hiciste,
porque estrellas sucias flotaban en sus aguas
y un sol negro sangraba en el cielo desierto.

De Chatelet a la calle de la Vieja Linterna
(que ya no existe, pero su atmósfera sobrevive
pegada a tu vida con una sordidez macabra),
ibas diciéndote: ‘Esta noche de enero, ciento
cincuenta años después, París está bajo la nieve,
y yo me colgaré con sombrero y zapatos de charol.
Mi soga será el cordón con que el cocinero se ata
el mandil. Me encontrarán al alba, pataleando.
Finalmente mi ser se habrá fundido con la doble.
Acaso, ¿la muerte no es un segundo sueño?

 

Turner, 1851

A Chloe

 

Al descrecer el día,
vi venir por el túnel del ojo
a un hombre que traía
colores en las manos,
acababa de pintar en el lienzo
del espacio una bahía,
edificios a su orilla,
y en su centro el sol;
con los párpados translúcidos
y las córneas quemadas,
más las pupilas radiantes
por el fulgor de las llamas
que él mismo había pintado,
por el túnel ocular venía gritando:
‘El sol es Dios’

 

The sun is God

envuelto en la lluvia
disuelto en el aire
como uña en la nube
por el bosque abrasado
ahogado en el agua
o morado de muerte
entre el denso follaje
en los brazos de ella
en la tarde demente
después de la lluvia
en el ojo del hombre
el sol es Dios
 

Share this